But she knows she has a curse on her
A curse she cannot win
for if someone gets too close to her
the pins get further in.
04 enero, 2012
Voodoo girl
Publicado por fading_smiles en 20:56 0 comentarios
16 octubre, 2011
Now shut up, you distasteful Adbekunkus
Quizá los moluscos no sean neuróticos, pero de ahí para arriba no hay más que mirar bien; por mi parte he visto gallinas neuróticas, gusanos neuróticos, perros incalculablemente neuróticos; hay árboles y flores que la psiquiatría del futuro tratará psicosomáticamente porque ya hoy sus formas y colores nos resultan francamente morbosos. A nadie le extrañará entonces mi indiferencia cuando a la hora de tomar una ducha me escuché mentalmente decir con visible placer vindicativo: now shut up, you distasteful Adbekunkus.
Mientras me jabonaba, la admonición se repitió rítmicamente y sin el menor análisis consciente de mi parte, casi como formando parte de la espuma del baño. Sólo al final, entre el agua colonia y la ropa interior, me interesé en mí mismo y de ahí en Adbekunkus, a quien había ordenado callar con tanta insistencia a lo laro de media hora. Me quedó una buena noche de insomnio para interrogarme sobre esa leve manifestación neurótica, ese brote inofensivo pero insistente que continuaba como una resistencia al sueño; empecé a preguntarme dónde podía estar hablando y hablando ese Adbekunkus para que algo en mí que lo escuchaba le exigiese perentoriamente y en inglés que se callara. Deseché la hipótesis fantástica, demasiado fácil: no había nada ni nadie llamado Adbekunkus, dotado de facilidad elocutiva y fastidiosa. Que se trataba de un nombre propio no lo dudé en ningún momento; hay veces en que uno hasta ve la mayúscula de ciertos sonidos compuestos. Me sé bastante dotado para la invención de palabras que parecen deprovistas de sentido o que lo están hasta que yo lo infundo
a mi manera, pero no creo haber suscitado jamás un nombre tan desagradable, tan grotesco y tan rechazable como el de Adbekunkus. Nombre de demonio inferior, de triste adlátere, uno de los tantos que invocan los grimorios; nombre desagradable como su dueño: distasteful Adbekunkus. Pero quedarse en el mero sentimiento no llevaba a ninguna parte; tampoco, es verdad, el análisis analógico, los ecos memónicos, todos los recursos asociativos. Terminé por aceptar que Adbekunkus no se vinculaba con ningún elemento consc
iente, lo neurótico parecía precisamente estar en que la frase exigía silencio a algo, a alguien que era un perfecto vacío. Cuántas veces un nombre asomando desde una distracción cualquiera termina por suscitar una imagen animal o humana; esta vez no, era necesario que Adbekunkus se callara, pero no se callaría jamás porque jamás había hablado o gritado. ¿Cómo luchar contra esa concreción de vacío? Me dormí un poco como él, hueco y ausente. Publicado por fading_smiles en 20:39 1 comentarios
07 octubre, 2011
19 agosto, 2011
Sentí una molestia muscular, era la segunda vez que yo nacía. El hojalatero me hizo firmar un papiro quite stained en el cual lo despojaba por completo de la responsabilidad que habría de tener de cumplirse todos los efectos secundarios posibles. Accedí sin pensarlo. Estaba dispuesto a hacerlo. El garabato resultó desprolijo, pues no había perfeccionado el uso de mis nuevos ligamentos todavía. De la falta de ellos, en realidad.
Rascandóse su barba como solía hacerlo, me miró con preocupación, suspiró, y finalmente dijo "La dependencia va a ser completa". Me reí y le estreché la mano. Sí, lo sabía. Estaba aceptando una vida esclava de aceite y ausente de agua. Irónica antítesis literal que me hace divagar. Disfruté la inocencia que aquella preocupación escondía. De saber
los motivos por los que yo estaba aquí, el verdadero cómo había llegado, las lágrimas derramadas por ella, el dolor que había sufrido no estaría preocupado. Me estaría incentivando a hacerlo. Pero mejor callar y firmar y guardar explicaciones innecesarias para mi conciencia. Mejor que sólo yo supiera el único problema que esto traería. Mas allá de la sumisión al constante cuidado ajeno, estaba obteniendo todo lo que alguna vez había querido. Todo lo que alguna vez había tenido y me habían arrebatado de la peor manera. Estaba consiguiendo todo de vuelta. Todo. Menos eso.
Menos mi corazón, músculo contundente que me había costado todo el resto de mi cuerpo. Razón por la cual hasta
hoy llevo un hacha en busca de una venganza encubierta en un oficio.
Menos mi corazón, por lo cual cambiaría el resto de estas ligaduras de metal. Menos mi corazón, por lo cual ayer firmé al hojalatero y hoy me dirijo a Oz para implorárselo, sin importar cuán fraude él pueda llegar a ser.
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11 julio, 2011
Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí. Miró hacia un lado y hacia otro, y con la lentitud característica de su mundo de hielo, se incorporó temblando. Intentó oir. Nada. Silencio. Mudas palabras escondidas en el anhelo de lo que nunca había sido. De lo que nunca sería. De lo que quien escribe es conciente y siente lástima por la ignorancia a futuro.
El dinosaurio intentó ver. Se creyó ciego. Todo lo que atinó a avistar era pureza. Era claridad. Era blanco. Era luz. Desentendido, dio un paso sobre la nada misma. No sentía frio. No sentía calor. No sabía si quiera si realmente sentía algo. Habría de aprovechar la aspereza de sus patas para percibir algún tipo de superficie, y hasta, con esperanza, distinguir de cual se trataba. Pero tampoco. En vano eran sus actos de reconocimiento, puesto que no habia nada que reconocer.
Cómo explicarle al dinosaurio que no era él el ciego, que no era sus nervios los deficientes en recepción eficaz, sino que en cambio, era que no había nada que ver, nada que sentir, nada que buscar. Cómo hacerle entender, pobre bestia, que el experimento había funcionado. Que, ávidos de probar que podíamos, habíamos destruído su mundo. Cómo hacerle entender que desconocíamos - soberbios ignorantes que recién ahora y en un maldito escrito que nunca llegará a la prensa podemos aceptar - el por qué él era el único sobreviviente.
Cómo pedirle disculpas por algo que nunca entendería.
Que quizá en el fondo ya estaba entendiendo.
Que quizá explicaba, pues, las lágrimas en sus ojos.
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28 junio, 2011
La rosa y el piano III
Nervioso, se adentró hacia los verdes prados que debía cruzar para llegar a la sala de ensayos.
La música, por primera vez en tanto tiempo, era otra. Rezaba tristeza. Rezaba mal augurio. Rezaba desarraigo.
El fantasma frenó en seco ante la puerta. Faltaban diez minutos todavía para que la joven saliera. Su mente era un mar de contradicciones. La euforia del momento empezaba a luchar con el miedo repentino. La voluntad de dar media vuelta y volver a su encierro era cada vez más tentadora. No, tentadora no. Prometedora, s
egura, cómoda. Sabiendo que se habría de arrepentir de por vida, tomó la decisión de dejar la rosa sobre el suelo, y esperar un halo de luz que denotara reacción (y por qué no reconocimiento) de su presencia desesperada al otro lado del pasillo. Con suerte, ella entendería. Con suerte, ella escucharía sus gritos mudos. Con suerte, ella dejaría de ser una asignatura pendiente.
Faltaban cinco minutos todavía de clase cuando la bailarina le pidió al pianista de terminar. Un impulso inconsciente la informaba que no podía seguir más en esa sala, que debía matar la anticipación de lo que pasaría, lo antes posible.
En un peinado no mu
y elaborado ató su cabellera rebelde, y con un miedo inexplicable corrió el picaporte, encontrándose allí, sobre el suelo, una hermosa flor roja.
La sintió entre sus dedos, y de pronto todo tuvo sentido. Controlada por una fuerza mayor que ella, sus pies corrían a lo largo de los campos hasta llegar a la puerta de una celda ajena con la que tanto había soñado las pasadas noches.
Tocó una, dos, tres veces. Cada vez más fuerte. Desesperada y con los ojos llenos de lágrimas, golpeó tanto que la puerta se cayó hacia adentro, impulsándola por inercia a ella también. Postrada de rodillas, notó la extraña calidez de un cuarto vacío. Nada quedaba en él, salvo una nota, donde la tinta de la pluma todavía estaba fresca, que, en letra clara rezaba: GRACIAS.
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La rosa y el piano II
El fantasma traspasó la pared y se limitó a escuchar. Ni siquiera cuando vivo había escuchado algo con tanta gracia, con tanto amor, con tanta paz. Flotó, con una facilidad que desconocía poseer, hasta la puerta condenada que irradiaba - o prohibía, de ser posibles ambas - tanta magia escondida en teclas de piano. Sabía que no podría pasar. La puerta condenada. Ignoraba - no estaba dispuesto a planteárselo tampoco - si es que realmente la barrera estaba maldita o tan solo eran sus propios miedos (de nuevo aquí las sombras, que por favor algún día lo dejaran en paz) quienes le impedían pasarla.
Apoyó su cabeza contra el límite tangible y se dispuso a contemplar como podía. Se sentó sobre el suelo, tembló del frío que había olvidado poder sentir, y se encontró dos horas seguidas inmóvil, tomando sus rodillas con los brazos, encantado por las notas musicales.
De repente el
sonido paró. Eran las doce de la noche y cenicienta debía volver al palacio. Sólo que esto no era un palacio, y la princesa que saldría por la puerta sería infinitamente más deslumbrante de las descriptas en los cuentos de hadas.
Eran las doce de la noche, y los pasos resonaron. Las campanas aturdieron. Y la joven bailarina salió con un aire de cotidianidad, ajena del fantasma que ahora la contemplaba como quien acababa de entender, después de tanto tiempo, el motivo por el cual todavía seguía allí. Como quien acababa de encontrar, en esos rizos dorados, su asignatura pendiente.
Desde ese entonces, el fantasma vivió un sueño. Un sueño, pues era todo producto de su imaginación. Ocupaba los minutos espiándola, enamorándose, escribiendo en su mente diálogos imposibles con ella.
Pasó un año y medio y el acompañar a la bailarina desde la salida de la sala de ensayos hasta su dormitorio todas las noches se había vuelto rutina. Aunque a veces, parte deseo, parte mera curiosidad, se preguntaba si ella lo sentía, si ell
a en algún nivel era quien en realidad se disponía a deleitarlo con su andar angelical.
Pasó un año y medio, y entendió que no podría seguir más alimentando esta divina tortura que ya se había vuelto un punzante dolor. Encerrado en su pequeña prisión, dejó el libro que no podía terminar sobre el suelo, y contempló la esbelta figura de su propio cuerpo sobre la cama. Era hora. La impotencia que lo envolvía en ese momento era radical, era necesaria, era extrema.
No sabía cómo, pero debía comunicarse con ella. Debía explicarle que, amén de los mundos que los separaban, él siempre la esperaría para alejarla de las sombras que ya tanto lo atormentaban.
Miró la rosa posada sobre la partitura que, con símbolos ajenos a él y a su entender, manifestaban en simples notas la suave melodía que la bailarina se empeñaba en representar, y sintió el escalofrío determinante del momento.
Tomó la rosa, la llave que al lado de ella había, y se dispuso, después de tanto tiempo, a salir por la puerta por donde alguna vez había entrado.
Publicado por fading_smiles en 23:04 0 comentarios







